¡Qué va a ser de mí!
El 12 de junio será mi último día de trabajo en la editorial en la que he estado ocho años y hasta que llegue ese momento estoy en un limbo muy extraño. Pienso en las cosas que haré, en los libros que leeré ahora que no tengo que trabajar haciendo libros y en cómo me sentará no trabajar. Porque llevo trabajando desde los 16 si contamos aquel verano que hice de voluntaria en la guardería de mi instituto. Fue un infierno literal: teníamos que entretener a niños en el patio trasero de un edificio en el que daba el sol desde muy temprano. Cuando llegué a casa el primer día lo hice pálida pálida, ¡¿iba a ser así siempre?! Y luego me salió el trabajo ese en una cadena de comida preparada en la que una vez me hicieron romper una ventana y colarme por ella para poder abrir la tienda. Me corté la rodilla y tengo una cicatriz.
En un principio pensé en aprovechar el tiempo de no trabajo para escribir. Y me adelanté por la ansiedad y empecé el esqueleto de otra novela y avancé bastante. Pero ahora mismo no creo que me apetezca escribir una novela y no tengo por qué hacerlo. Podría aprovechar este tiempo para ser una persona completamente distinta… una a la que le guste ir a la playa. Pero no creo que vaya a pasar por muy loca que me vuelva. Seguiré estudiando japonés todo el verano porque en octubre me voy dos meses allí a, en principio, escribir y hacer fotos. O eso le dije a mi madre, que me respondió, evidentemente, con un «eso lo puedes hacer aquí también». Una respuesta muy similar a la que me dio cuando la llevé a una heladería muy buena: «un helado es un helado». Debería ser un poco más ella y un poco menos yo aunque ya soy muy ella menos en lo que a Japón se refiere. Más tarde pensé en ponerme al día con todos los videojuegos a los que no he podido jugar durante este tiempo y ayer estuve a punto de comprar uno, pero terminé comprándome una sandwichera en una ferretería y llevo ya dos sandwiches hechos. Tengo las persianas bajadas porque da el sol directo y estoy por aquí dando vueltas con los auriculares inalámbricos puestos como un vendedor de Tecnocasa de dieciocho años, esperando sin saber muy bien el qué. A lo mejor debería sumarme a toda esa gente de mi barrio que va en ropa de deporte constantemente y me hacen pensar en mi cuerpo constantemente. También aquella mujer a la que vi la semana pasada en el metro de Madrid y que se miraba la carne del brazo que le colgaba y se la tocaba como si estuviera empujando un columpio, o aquel spray para eliminar las marcas de sudor que vi anunciado y que me pareció la cosa más nazi del mundo. En la agenda, el día 12, tengo escrito «último día», que suena a Día del Juicio Final. ¿Os habéis dado cuenta de que hay, de repente, muchísima gente religiosa? No me veréis ahí por mucho tiempo libre que tenga.

Abrazos desde el limbo del trabajo-notrabajo,
Alba G. Mora.
Y ahora el espacio publicitario habitual. El próximo 3 de junio a las 19h, en Casa Blackie, en Barcelona, estaré respondiendo a dudas, comentarios y ruegos con núria sobre la novela que escribí mientras trabajaba. Hay que reservar entrada aquí y cuesta 5 €, pero habrá comida me han dicho. ¡Después de esto ya está, me despido del libro también! Jajaja. I feel it in my fingers. I feel it in my toes.





mi madre se llevaría muy bien con tu madre (¿son así todas las madres?). yo también llevo currando sin parar desde los 17, lo máximo que estuve sin currar fueron unos meses durante el covid, me pudo la presión de “tienes que hacer algo con tu vida” y empecé un ciclo de administración (wtf) que nunca terminé y que odié muchísimo. ojalá haber dedicado mi tiempo a los videojuegos o a aprender japonés o a dormir la siesta y ver pelis, al estilo de la prota de Mi año de descanso y relajación, habría sido más feliz que autoboicoteándome creyendo que lo que tenía que hacer era aprender a hacer nóminas, mucho más feliz.
¿Se vienen entonces un gran boom de fanzines de Peep Media? Suerte en tu nueva etapa, Alba 💌