Calorcito spooky
El verano para mí siempre ha sido terror. A veces iba con mi abuelo a Vallirana, el sitio en el que vivía con su pareja. He olvidado el nombre de ella; fue hace muchos años. Pero sí recuerdo el olor de los puros que él fumaba y que yo nunca despegaba la cara de la ventana por si veía un chupacabras. Leía sobre esas historias constantemente porque mi sueño era que me abdujeran o encontrarme con algo que nadie había visto antes para poder relatarlo. Algunos de mis libros favoritos del momento tenían que ver con todo eso, lo paranormal, y para mí ese tipo de sucesos solo tenían lugar en tardes torridísimas y en zonas rurales. A lo mejor porque lo rural para mí era algo extraterrestre, algo a lo que casi nunca tenía acceso. Una vez, por ejemplo, fuimos con mi madre, la pareja por aquel entonces de mi madre –de su nombre sí me acuerdo– y mi prima a Gombreny de acampada. Conservo dos fotos de ese día hechas con una cámara de usar y tirar. Yo llevo una camiseta interior y una flor en el pelo. Mi madre está tumbada encima de un mantel. No hay registro alguno del gato negro que se abalanzó sobre mí y me arañó la cara, ni del sonido metálico que escuchamos por la noche en nuestra tienda de campaña. Yo atribuí aquel sonido a los OVNIs, aunque lo más probable es que fuera un camión de la basura + las ganas que tenía yo de que pasara algo.
Nunca volvimos al campo y cuando pude empecé a trabajar en una cadena de comida preparada durante los veranos y fines de semana. Esa era un tipo de historia de terror que no aparecía en las revistas o libros que leía. Los jefes –¡¡¡Jordi y Susana!!!– eran auténticos bichos. Contaban las croquetas y si faltaba alguna me acusaban de habérmelas comido. Las croquetas eran como fósiles, estaban tiesas, tanto como mi pelo ese verano en el que decidí que debía ponerme espuma para tener un look más natural. Mi idea de naturalidad esos días era un cuerpo bronceado y un pelo muy ondulado. Tengo el pelo muy liso y soy muy blanca. Así que en una de esas terminé quemándome viva mientras tomaba el sol. Por poco me pierdo la graduación de la ESO. Me tocó presentarla con mi mejor amiga de aquellos años. Mi madre llegó tarde y también estaba quemada. Dormíamos en una litera y no nos movíamos porque creíamos que se nos iba a pegar la piel en las sábanas (literal). Para tranquilizarme, me dijo que una vez le pasó algo parecido, pero en el cuero cabelludo al hacerse la permanente, y que, como podía ver, tenía la cabeza bien.
La última vez que miré por la ventana mientras atravesaba una zona rural fue hace un par de semanas, cuando fui a Madrid a dar unos talleres en el espacio de la editorial Comisura. Escribí algo muy cursi, que es la forma en la que escribo cuando voy en tren, y apunté que vi a un conejo correr protegido por la sombra de los manzanos. Los pájaros miraban y yo esperaba que en algún momento apareciera un chupacabras. Nací en los noventa.



Un abrazo desde la ciudad,
Alba G. Mora.





Daría un brazo ahora mismo por ir a alguna montaña a 900 metros de altitud mínimo, y hacer un corro de historias de terror
La calor !!! gracias